Hoy toca confesar un error de novato, de esos que solo ves cuando llevas días metido en lo mismo.
Vengo construyendo un editor de video con IA —lo llamamos Cinta—. La idea: grabas, y un agente te deja el material casi montado. El primer encargo real era nuestro propio cuello de botella: unas 50 demos personalizadas de LexPro, una por nombre, que hoy alguien edita a mano.
Le pasé las tomas a Claude y le pedí el primer corte.
Andrés lo vio y soltó la frase exacta: 'me gusta, pero parece blooper’. Tenía razón. Los cortes caían a media palabra, los encuadres no cuadraban. Y entendí por qué: Claude estaba editando solo con la transcripción. Tenía las palabras, pero no había visto un solo frame. Estaba montando un video a ciegas —y era yo quien, sin darme cuenta, se lo había pedido así.
Si alguna vez le pediste algo a una IA y te frustró el resultado, quizás te pasó lo mismo que a mí: no era que pensara mal. Es que no le di con qué ver.
La solución no fue exigirle más. Fue darle ojos: ahora el pipeline saca cuadros de cada toma y se los manda a Claude por visión —’plano medio, mujer con portátil junto a la ventana, gesticulando a media palabra’— antes de que elija. Con ojos, pasó de un corte por puntaje a un arco editado, recortando él mismo la muletilla del final.
Todavía no quedó perfecto. Mañana le sigo. Pero hoy, un día más construyendo esto en público, me llevo una sola cosa: muchas veces el problema no es la máquina. Es lo que uno le deja mirar.