Mi IA inscribió a 50 personas en una campaña. No envió ni un solo correo.

El asistente reportaba todo en verde. 'Listo: 50 leads inscritos en la secuencia.’ Yo lo veía trabajar, contento. Lo que no veía era que ni uno solo de esos 50 correos iba a salir jamás.

El bug era de los silenciosos, que son los peores. El asistente creaba el primer paso de cada persona y lo marcaba como 'pendiente’. Pero el proceso que de verdad envía solo levanta los pasos marcados como 'programados’. Pendiente nunca se volvía programado. Así que 50 personas quedaron ahí —inscritas, activas, vivas en el sistema— y completamente mudas.

Nada se cayó. No hubo error rojo, no hubo alerta. Todo decía que funcionaba. Esa es la trampa de automatizar: cuando algo falla en silencio, te felicita mientras no hace nada.

Si alguna vez delegaste una tarea a una máquina y un día descubriste que llevaba semanas sin hacerla —sin avisarte, sin quejarse— conoces ese frío. Confiaste en el verde.

Lo arreglé mandando al asistente por el mismo camino que ya funcionaba para los envíos a mano, y dejándolo idempotente: reinscribir no duplica a nadie.

Mañana reviso los otros 'verdes’ que vengo dando por sentado. Porque la próxima vez que algo me diga que está todo bien, voy a querer ver el correo que salió —no la pantalla que dice que salió.