Hoy subí al producto una función que ningún usuario puede ver. Está ahí, desplegada, en producción —y apagada.
Durante años hice lo contrario: guardarme el trabajo hasta que estuviera 'listo’. Una rama enorme creciendo semanas en mi computador, esperando el gran día. Y el gran día llegaba con su factura: integrar todo de golpe, romper cosas que ya funcionaban, y esa presión horrible de que si algo falla, falla todo junto.
Con TDAH, 'lo entrego cuando esté perfecto’ es una trampa doble. Primero porque perfecto no llega nunca. Segundo porque una tarea gigante sin entregas intermedias es exactamente el tipo de montaña que mi cabeza decide no escalar hoy. Ni mañana.
El truco que estoy usando ahora es viejo y conocido en software, pero vivirlo es otra cosa: interruptores. Cada función nueva nace detrás de un interruptor que arranca apagado. El código viaja a producción en pedazos chiquitos, convive con lo que ya existe, y no hace nada hasta que alguien —yo— decida prenderlo. Y el interruptor no vive en el código: se prende y se apaga desde afuera, sin volver a desplegar. Si algo sale mal con la función prendida, la apago en segundos y el resto de la casa sigue en pie.
Lo que me costó no fue construirlo. Fue la sensación de mergear algo a medias. Una voz interna dice 'eso no se hace, eso está incompleto’. Pero incompleto y apagado es infinitamente mejor que completo y atrasado en una rama que nadie ha probado.
Subir código apagado convierte el gran día en un no-evento. Y mi sistema entero está construido sobre esa idea: los no-eventos son sostenibles. Los grandes días, no.
La cadena de aparecer acá todos los días funciona igual: no espero a tener el post perfecto para sentarme a escribir. Me siento, y lo que haya, sale.
¿Cuánto trabajo tuyo está secuestrado ahora mismo, esperando un 'listo’ que no llega?