Tengo un cementerio de ideas. Más de treinta enterradas. Y no lo vivo como fracaso: cada cagada aprendida es de donde nace la próxima que sí pega.
Mi regla para no morirme persiguiéndolas todas: una idea tiene que sobrevivir tres lunes en el estacionamiento antes de que me deje tocarla. El lunes es cuando la dopamina de lo nuevo ya se bajó y la idea queda desnuda.
Una casi no lo logra: Browq, un asistente de finanzas personales. La cuenta era brutal: casi nadie paga treinta dólares al mes por una app así. Al tercer lunes estaba lista para el cementerio.
En vez de matarla, simulamos casi doscientas formas distintas de venderla. Y una sobrevivió: dejar de vendérsela a la persona y vendérsela a las empresas, como un beneficio de bienestar para sus colaboradores. Mismo producto, otra puerta.
La idea no se salvó porque fuera buena. Se salvó porque al tercer lunes nos preguntamos cómo venderla, no si construirla.
Casi siempre la idea no está muerta. Está entrando por la puerta equivocada.
¿Cuántas de tus ideas enterradas estaban bien, y solo les faltaba otra puerta?