El puntaje es un buen carpintero, pésimo jefe

Hoy le puse un crítico de inteligencia artificial a mi propio diario. Le di mi historia más honesta y le pedí que la calificara para volverla viral.

Falló. Y enseñándome por qué, me enseñó algo más grande.

Construí —con IA, en una tarde— un evaluador que puntúa cada texto que escribo: gancho, qué tan compartible es, qué tanto resuena. La idea era simple: subir el puntaje hasta que la historia 'explotara’.

Tomé una de mis entradas más honestas —salir de deudas, mi cabeza con TDAH, el miedo— y la reescribí siete veces. El puntaje subió un poco y después se clavó. La máquina fue clara: este tipo de historia —confesional, honesta, vulnerable— tiene un techo. No se vuelve viral por diseño.

Y para romper ese techo solo tenía dos caminos, los dos trampas:

Uno: poner la cifra exacta de la deuda. Más morbo, más clicks. Pero mi número privado es munición que otros usan en una negociación; lo cambiaría por likes.

Dos: meterle los trucos de LinkedIn —el 'lo que nadie te dice’, el gancho fabricado—. Lo gracioso: la propia IA me bajó el puntaje cuando lo intenté. Hasta la máquina olió el perfume a vendedor.

Ahí cayó la ficha: hay historias que no se pueden volver virales sin dejar de ser la historia. El alcance y la honestidad no siempre apuntan al mismo lado, y cuando chocan, la honestidad gana —porque es lo único que hacía que valiera la pena contarla—.

El puntaje es un buen carpintero. Pésimo jefe.

Así que la dejé en su techo, honesta, y publiqué igual.

¿Cuántas cosas que valen no medís solo porque no caben en la métrica que elegiste?