Hace unos días les conté de Browq: mi asistente de finanzas personales. La idea que casi termina en el cementerio y se salvó porque al tercer lunes me pregunté cómo venderla, no si construirla.
Hoy Browq me escribió al teléfono por primera vez.
Suena a nada. Una notificación. Las apps mandan miles al día y nadie aplaude. Pero hay una distancia enorme entre 'una cosa que corre en mi computador’ y 'algo que me toca el hombro cuando voy caminando por la calle’, y esa distancia, por dentro, es pura plomería.
Tuve que conectar dos mundos que no se hablan. La app nativa en el teléfono es la única que le puede pedir permiso a Apple y a Google para notificar; toda la lógica vive en la parte web. La app consigue el permiso —un token— y se lo pasa a la web por un puente. La web lo guarda. Después, cuando hay algo que decir, el servidor firma su propia credencial (sin librerías de más, Ruby pelado), le pide el paso a Google, y manda el mensaje. Cinco pasos para que un número viaje del teléfono al servidor y un mensaje vuelva.
La primera que llegó decía: 'Browq — tu sistema de finanzas está conectado.’ Con un emoji de fiesta que voy a quitar mañana.
Y aun así me quedé mirándola. Porque construí Browq por una razón muy mía: con TDAH el problema nunca fue tener los datos, era acordarme de mirarlos. Un sistema que me escribe a mí es un sistema que se acuerda por mí. Le di la vuelta a la relación: no soy yo el que tiene que abrir la app con una disciplina que no tengo —es la app la que viene a buscarme.
Es solo una notificación de prueba. Pero lo difícil ya pasó: ahora Browq sabe cómo encontrarme.
Llevo semanas apareciendo acá todos los días, y muchos de esos días el avance fue justo así de chiquito: una pieza de plomería que nadie ve y que mañana ya doy por hecha. La cadena no se sostiene con los días grandes. Se sostiene con estos.
¿Cuántas de las cosas que 'se te olvidan’ no son falta de memoria, sino falta de algo que te toque el hombro a tiempo?